SUICIDAS Y ASESINOS

Loading...

sábado, 21 de mayo de 2011

EL DIARIO DE CRAB DAHMER


20 de diciembre.

Se detuvo por un instante, frente a un sendero, expectante, atento siempre al ruido más leve. Pero cierto instinto primario le obligó a caminar cuesta arriba, pudiendo moverse ahora con mayor libertad. Sentía los labios demasiados secos. Recogió parte de un  racimo de sauco y los sorbió, lamiéndose luego la palma de sus manos. De repente el sendero se encaramó por una cuesta, mas erizada aún. Se detuvo, permaneció inmóvil, absorto en la contemplación de las ruinas de un solitario chamizo construido en medio de un pequeño claro.

Había llegado a la parte más distante de aquel yermo. A partir de allí, el claro acababa por esfumarse entre una serie de pequeños surcos infecundos y otoñales.. Veíase a la izquierda un grupo de pequeñas chozas, y, a la derecha, algo singular que bien podría ser los restos de una polvorienta casa. El armazón de una motocicleta yacía destartalado al lado, todo herrumbroso, apoyado sobre lo que alguna vez fueron las ruedas.

Suspendida del techo de la galería estaba un caparazón de armadillo, y sobre una columna pendiente, descansaba un inmenso espejo trizado. Los adornos de los muros consistían en mariposas a travesadas por espinas y un cuadro que reflejaba una misteriosa Hécate en sus tres fases, llevando un vestido blanco que caía sobre un charco y un cangrejo azul. Debajo unos escuálidos y nudosos tallos, secos, intentando ganar altura.

Notó todo esto mientras permanecía inmóvil, absorto. En torno imperaba ese ambiente de olvido y desolación que es propio de los lugares abandonados a toda prisa. Hizo el intento de llamar:

_. ¡Hay alguien ..!

El sonido de su voz interrumpió bruscamente el silencio, como si alguien hubiera disparado un tiro en la tranquilidad de aquellas ruinas. Espero algunos segundos, llamando en seguida con mayor insistencia.

_. ¡Hola ….!. ¿hay alguien…?

 Lanzo una postrera ojeada hacia atrás, y recorriendo con la vista cuanto había a su alrededor, se encaminó hacia el interior de la estancia, deteniéndose un instante en la columna, miro de reojo el espejo quebrado y, luego, al verse reflejado, le vino a la mente lo pueril de su comportamiento, de tal manera que, sonriendo se  dirigió sin darse prisa hacia la tinaja de agua de lluvia que había tenido ante sus ojos todo el tiempo.

La falta de alimento no le preocupaba. En el bosque había muchos frutos silvestres y, por lo demás, sobraba tiempo para meditar acerca de su futuro. Apretando estrechamente los labios, se puso a observar, desde la galería, la colina escarpada, deseoso de subirla y empezar a explorar todo aquello, no obstante, la extraña indecisión que le embargaba. No podía hallar una explicación satisfactoria a todo cuanto le ocurría, pero lo cierto era que sentía un gran alivio en donde se hallaba ahora. Luego se burlo despectivamente  de su propia letanía, y se lanzo cuesta abajo, en dirección del pequeño grupo de chozas.

Media hora después ya iba nuevamente camino arriba, de regreso, hacia la estancia. En todas las chozas de aquel llano desierto no había encontrado sino desechos, cuando de pronto escucho algo así como un grito sordo y lastimero. Recorrió febrilmente a toda carrera la distancia que le faltaba. Pero, la tierra y el cielo ofrecían el inocente semblante de una atmósfera encantada, donde nada podría ocurrir.

Luego, encamino sus pasos, hacia una pequeña puertecilla de madera, donde se interno, hasta tropezar en la oscuridad, con un espeso mullido de paja y hojarasca. Estrujo y  golpeo  varias veces y satisfecho de no encontrar algún reptil o insecto, se recostó con dificultad.

Poco después le vino el deseo de dormir, y para distraerse se puso a cavilar acerca de la desolación de aquel lugar. Una enorme sombra entonces, empezó a devorar la habitación y le asalto cierto temor, al grado que incluso le pareció más seguro el bosque.

Decidió regresar de nueva cuenta. Conduciéndose por una serie de recodos, situados precisamente en el fondo de una maraña inextricable de maleza, bajo la cual se distinguía el murmullo incesante de un sin numero de pequeños seres alados. Empezaba a dudar de su sensatez. .Luego casi en el instante que se confundía la luz diurna con la oscuridad de la noche, el sendero descendió súbitamente.

Frente, se hallaba un arroyo sobre el cual, una tras otra, sembradas, tres rocas la cruzaban y figuraban ser el puente. A corta distancia, casi en la orilla, se erguía diminuto un cementerio: sus apilados muros de piedras y, capilla rematada por una grotesca cruz de madera,  perfilaban la más extraña de las apariciones: un anciano. Acurrucado en actitud de abatimiento infinito, apoyando la cabeza en el pecho y con las manos, débilmente afianzadas en un sombrero.

Permaneciendo en la misma posición, ahuyentando maquinalmente a  los mosquitos, se puso a contemplar a aquel desdichado anciano; encorvado, envuelto en voluminoso y fúnebre atavío. La blancura de sus harapos sobrecogía el ánimo, parecía un alumbramiento ante aquellos desamparados nichos. No dejó de mirar al anciano, detalle por detalle, hasta reparar en el sombrero: tendría razón _ pensó _ si dijera que era un sombrero deforme; con manchas como crustáceos incrustados, hilos retorcidos por las puntas como vegetaciones cutáneas propias de la vejez del fieltro.

                        Sin embargo, al comprobar que el anciano estaba solo y sin poder reprimir un gesto de repugnancia dijo: _. Al fin y al cabo siempre resguardaron  los recuerdos._ bajando silenciosamente la erizada cuesta.

Estaría a unos veinte metros de distancia, cuando el anciano se percato de su presencia y levanto la cabeza. Se detuvo. Observaronse mutuamente durante unos cuantos segundos, a través de la oscuridad,  desplomándose luego, aquel anciano, como si fuera un tablero de ajedrez de rusticas piezas. Vacilo un instante, miro a su alrededor, y precipitándose hacia aquel hombre caído le dijo algo impreciso. Estaba inerte, con la boca ligeramente entreabierta. Se escuchaba claramente el sonido de su respiración veloz y entrecortada, pero no era posible averiguar si tenía abiertos o no los ojos, pues la oscuridad era demasiada densa.

_. Señor … ¿se siente mal? _. Preguntó tímido.

Permaneció inmóvil, desconectado y con cierta penosa sensación de pánico. Se encorvo y empezó a mirarlo nuevamente con curiosidad. La oscuridad reinaba en el interior, siendo fácil escuchar el zumbido de los insectos. Luego, con extrema cautela deposito al anciano, cerca de un muro, y salio camino al arroyo. Ahora se movía con menor cautela, tenia la sensación de estar bajo el amparo de la oscuridad.”